La integración de las experiencias vitales

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A pesar del que digan, la vida no nos suele dar lo que necesitamos, pero tampoco nos lo niega del todo. La vida nos da la vivencia de ser un “yo” en este mundo, de ser criado por unos padres, de crecer en una familia y un entorno social; nos da los vínculos que nos unen a los otros, y también aquellas cosas que llegan con la edad; nos da una identidad y un cuerpo, y algunos rasgos de personalidad; y nos da cada sentimiento, cada recuerdo, cada conflicto, cada dolor, y las consecuencias de nuestros actos, y las de los actos de los otros. 

Con todo esto nos tenemos que apañar para construir la realidad que todos compartimos. El resto corre de nuestra cuenta pero, por suerte, somos creativos. Y porque somos creativos tomamos estos materiales claramente insuficientes, muchas veces deficientes, y los usamos como aperos o los transformamos en una cosa nueva, dotada de utilidad o de belleza.

En nuestra vida estamos sujetas a dos fuentes de cambio: por un lado, están aquellos cambios que tienen relación con la maduración biológica y sus correlatos psicológicos. Estos cambios los podemos considerar relativamente independientes de nuestra experiencia, puesto que no son inducidos por esta sino por lo que podemos imaginar como un “reloj biológico”. La otra fuente de cambio son nuestras experiencias individuales y colectivas. Si bien los primeros siguen un patrón bastante similar en todos nosotros (obviando las diferencias entre los dos sexos), son principalmente los según los que dan lugar a la inmensa diversidad psicológica de la especie humana y a cada uno de nosotros como seres únicos.

Efectivamente, nuestra manera de ser, de sentir, pensar, comportarnos y estar en el mundo es, en gran parte, expresión de las experiencias que atravesamos a lo largo de nuestra vida. Si pensamos, sentimos o nos comportamos de una determinada manera es porque nos han pasado cosas, porque hemos vivido experiencias a partir de las cuales hemos adoptado una determinada postura ante la vida, una determinada “forma-de-ser”.

Las experiencias vitales

Especialmente, ciertas experiencias que denominamos experiencias vitales, tiene la potencialidad de inducir cambios en esta forma-de-ser, de “modelarnos” como personas… Estas experiencias pueden ser de tipos muy diversos, pero podemos señalar algunos ejemplos de experiencias que todos o muchos de nosotros atravesaremos a lo largo de nuestra vida y que podemos considerar como experiencia vitales:

  • El nacimiento y la muerte
  • La manera en qué fuimos criados y educados
  • Hacernos mayores, dejar atrás la infancia y envejecer
  • Determinadas características psicológicas o fisiológicas
  • Determinados sucesos de dimensión histórica o social, como una guerra o una crisis económica
  • Tener un hijo
  • La pérdida de un ser querido
  • Una enfermedad o un accidente
  • Una experiencia violenta o traumática de cualquier tipo
  • Un fracaso o un éxito profesional o de cualquier otro tipo
  • Encontrar pareja o el final de una relación
  • Acabar la universidad, quedarse en paro o jubilarse
  • Tomar conciencia de determinados aspectos de nosotros mismos o de nuestra vida
  • Ciertos sueños
  • Experiencias próximas a la muerte
  • Otras experiencias transpersonales, psicodélicas y en estados modificados de conciencia
  • Una crisis existencial o una emergencia espiritual

El proceso de integración

Estas experiencias, como decíamos, pueden inducir cambios en nuestra forma de ser y estar en el mundo, es decir, en nuestra manera sentir, pensar y actuar, en nuestros hábitos y actitudes, en la manera de relacionarnos con nuestro entorno, e incluso con nuestro autoconcepto e identidad. Sin embargo, no lo hacen directamente, sino a través de un proceso creativo que denominamos proceso de integración.

Decimos que el proceso de integración es creativo porque no viene predeterminado por la experiencia: en virtud del proceso de integración, en ningún caso somos víctimas o receptores pasivos de nuestras experiencias y de los cambios que comportan, sino agentes activos en la construcción de nuestra vida y nuestra personalidad. Esto es así hasta el punto que podemos decir que no son nuestras experiencias las que determinan nuestra forma-de-ser, sino que somos nosotros mismos los que lo hacemos al relacionarnos con estas experiencias presentes y pasadas. Aunque a menudo no podemos elegir los aperos y materiales que empleamos en esta construcción, si que somos libres de emplearlos cómo mejor se nos antoje, dentro de lo que nuestros nuestros valores, nuestros recursos personales y el apoyo social que podamos obtener nos permitan.

También debemos decir que la integración no es una cuestión de blanco o negro, de sí o no: la integración implica encontrar un equilibrio, un punto de compromiso, a veces precario, entre las tendencias que se derivan de las diferentes experiencias que han dado forma a nuestra vida, entre puntos de vista y sentimientos muchas veces contradictorios, entre la necesidad de mantenernos fieles a “nosotros mismos” y de ser aceptados por nuestro entorno social. Con facilidad, la necesidad de integrar una nueva experiencia puede acabar con este equilibrio, abocándonos a una crisis y obligándonos a “re-integrar” el conjunto de nuestra “forma-de-ser” para poder continuar siendo los mismos, pero diferentes, en una realidad que para nosotros ha cambiado.

La integración de las experiencias vitales en terapia

Que el proceso de integración se desarrolle favorablemente dependerá tanto de los recursos personales como del apoyo social que la persona pueda recibir. Si bien la propia persona es el principal motor y agente de la integración, a menudo esta se ve enormemente dificultada cuando no encuentra el apoyo social necesario. El aislamiento, o la falta de comprensión o de habilidades para acompañarnos de los que nos rodean, pueden hacernos sentir que nuestros “intentos” de integración entran en conflicto con la realidad del mundo que vivimos o con lo que los otros esperan de nosotros, dificultando de este modo el proceso.

Cuando el proceso de integración se desarrolla favorablemente dará lugar a una actualización de nuestro potencial, probablemente en forma de sanación, aprendizaje o maduración. Sin embargo, cuando encuentra obstáculos puede dar lugar en todo tipo de malestar psicológico: estrés, ansiedad, depresión, fobias, conducta impulsiva, sensación de falta de sentido, problemas en las relaciones, complejos, baja autoestima…

En realidad, si no todos, gran parte de los problemas con que llega una persona a la consulta de un terapeuta son atribuibles a problemas con la integración de sus experiencias vitales. Por eso entiendo que la psicoterapia tiene que ser, antes de que cualquier otra cosa, una herramienta para apoyar a este proceso. No es que la terapia (ni mucho menos el terapeuta) tenga el poder de hacer que la persona integre su experiencia, pero puede crear un marco de seguridad, aceptación, franqueza y empatía donde la persona pueda expresarse con confianza y recibir el apoyo que necesita en su proceso de integración. La persona no solo es escuchada y aceptada, sino que el espacio terapéutico se puede convertir en un laboratorio donde experimentar con seguridad nuevas respuestas a los retos que la integración le plantea, y observarse a si mismo y su realidad desde nuevos puntos de vista.

Apoyo a la integración de experiencias psicodélicas, transpersonales y otras experiencias en estados modificados de consciencia