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El caminante y el peregrino

El camino es el aquí y ahora, y en él encuentro las huellas del pasado. El caminante ha seguido su marcha: queda la huella, el pie ya no está.  Pero no son sólo recuerdos: es el morado de aquel golpe que me di no sé cuándo, no sé cómo, recordándome mi fragilidad; son las ampollas en los pies y el agradable cansancio que me llena de calma.

Quiero ser protagonista de mi vida pero yo, peregrino, no soy caminante, sino camino. Y en mi empeño por ser el caminante me identifico con sus huellas, con lo que de él quedó en mi. No soy David, sino tan sólo la materia en que el escultor clava su cincel. Las huellas del caminante me han dado forma, me han esculpido, tallado, moldeado,  para dar lugar al individuo que soy. Sus pisadas son mi esperanza y mi temor, mi gozo y mi dolor.

Sin embargo, un cuerpo siempre es algo más que una herida y un camino algo más que un conjunto de huellas. Ser camino es ser fuente de dichas y desdichas, paisaje, cielo y suelo firme para ser pisado. Ser camino es calentar con el sol y proteger con la sombra. Ser camino es ser pedregoso y polvoriento, terrible y agradable, plácido, confuso, hermoso y tantas cosas más.

Porque por nosotros pasa la vida, aquella que llamamos nuestra y también la de los demás, ser camino es ser enlace entre destinos. 

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Conocer lo que somos

Decía Antonio Blay que no se trata de conocer cómo somos, sino lo que somos. La cosa tiene su lógica: Si conocemos como somos posiblemente desearemos ser de otra manera y nos esforzaremos por cambiar. Y aunque a veces el cambio sea deseable, esforzarnos por cambiar muchas veces es mal negocio, y lo que funciona […]

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